Como en la vida, en todo buen barco que se precie, en este caso un velero, son necesarias   unas  básicas   nociones y mañas para el correcto navegar. Es decir, qué menos que saber   diferenciar la popa de la proa o   estribor de babor. Así como, conocer los distintos vientos:   Tramontana, Gregal, Levante, Xaloc, Ábrego, Garbí,   Poniente, Mistral…

Para mí, hoy en día, no hay mayor triunfo que el de poder dar, cuanto más mejor, para recibir   compartiendo. Al   final, de eso se trata, ni más ni menos. Este viaje que es la vida, no es más   que eso, un viaje acompañado. Y   como en todos los viajes, lo importante no sólo es llegar. Lo   verdaderamente importante es disfrutar del   recorrido y de la compañía.

Aunque cada uno es patrón o capitán de su propio barco-vida y por lo tanto responsable de la   seguridad a   bordo-existencia. Como es lógico se necesita bastante experiencia para aceptar   determinados desafíos o   responsabilidades. Y, lo cierto es que, nunca viene mal que otros   marineros o tripulantes se apunten a ayudar   en asuntos que uno puedan necesitar en un   momento dado o frente a cualquier eventualidad puntual.

Marineros somos todos.

Desde hace unos meses he establecido acuerdos de colaboración y trabajo otros profesionales   del campo de la salud: coaches, terapeutas, sofrólogos...

Incluso ayudamos a otras empresas a transitar por aguas agitadas o en extremo calmas. Es lo   que se conoce   en términos marineros: navegar formando flotilla. O, asesoría y mentoring, unir   fuerzas y medios para encarar   una situación un tanto adversa o peliaguda.

 

 

 

 

 


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